La patologización de la bondad

La patologización de la bondad

Por Hernán Brienza

Politólogo

¿Por qué las ideas de Javier Milei no parecen tan descabelladas para una gran mayoría de la sociedad argentina? Por supuesto, que hay respuestas políticas, económicas, históricas, coyunturales. Pero también es necesario reflexionar sobre las condiciones ideológicas y valorativas previas al surgimiento de La Libertad Avanza. Por la sencilla razón de que la historia ha demostrado que solo se impone lo que ya está legitimado por una gran mayoría. Es decir que Milei solo representó o interpretó lo que ya estaba enclavado en el centro del dispositivo de valores y principios de la sociedad argentina.   

Uno de los fenómenos editoriales más interesantes del pensamiento globalizado en la actualidad es el filósofo coreano, residente en Alemania, Byung-Chul Han , por su capacidad de síntesis y su poder explicativo sobre el mundo, la economía,  la política y las formas de vida del capitalismo tardío. En sus libros, sostiene una mirada pesimista sobre los efectos que los nuevos sistemas de dominación mundial ejercen sobre los individuos: la autoexplotación, el hiperindividualismo, la depresión por causa de la falta de alternativas, la estructuración de la violencia real y simbólica, el mundo de lo privado hecho publicidad, el desinterés, el fenómeno de la Big Data, son algunos de los tópicos que toca este pensador original y preciso.

En su libro Psicopolítica, Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder, plantea una fuerte crítica al neoliberalismo y lo caracteriza como un dominio que seduce y que consigue que los individuos se sometan voluntariamente. El individuo lo hace para cumplir lo que él cree su proyecto de vida pero que no se trata de otra cosa que de una autoexplotación en su búsqueda constante de rendimiento -o de productividad-, por lo que el capital se sirve del individuo, convirtiendo la libertad individual en libertad de capital.  Y en esa relación de autoexplotación individual, la lucha de clases se transforma en una lucha personal, interna.

Para Byung-Chul Han, la contracara de esta autoexplotación es la aparición de la culpa individual por no conseguir los objetivos deseados en la vida, excluyendo o velando la responsabilidad de la explotación del sistema capitalista en la frustración individual.  Ese sentimiento de frustración se convierte en depresión e impide a los sujetos tomar conciencia social y accionar libremente: “Nos endeudamos permanentemente para no tener que actuar, esto es, para no tener que ser libres ni responsables. (…) ¿No es el capital un nuevo Dios que otra vez nos hace culpables?” 

Así, la autoexplotación y autoculpabilidad se convierten en un mecanismo de autovigilancia que Han denomina panóptico digital, recuperando el concepto arquitectónico de Jeremy Bentham y el distópico de George Orwell. La ilusión de libertad también se manifiesta en la demanda de transparencia -en el sentido de publicitar todo lo privado- y en la necesidad de compartir toda clase de datos en la esfera digital, para generar y consumir información, eliminando toda clase de barreras -incluidas las psicológicas-. De esa manera, se “desinterioriza” al individuo en pro de la comunicación, quedando expuesto a la mirada del Otro. Todo esto transforma al ciudadano en consumidor. Y las protestas ciudadanas se limitan a refunfuñar, como si el ciudadano fuera en realidad un cliente desencantado que se conforma con completar el libro de quejas y no formara parte de una comunidad. 

Estas definiciones de Han pueden confirmarse con un paseo rápido por las redes. Cientos de reels de supuesta autoayuda manipulando la autoestima de los consumidores, culpabilizándolos por no llegar a los objetivos deseados, manipulando supuestos valores como el sacrificio, la inmolación, el ascetismo, el esfuerzo individual. Pero en los últimos días, el bombardeo ideológico ha recrudecido y hasta le han dado una vuelta de tuerca a las formas de generar hiperindividualismo.

En estos días se puede leer en las redes la nota más perversa de los últimos tiempos. Se titula “El síndrome del Caballero Blanco”. Y en el interior de la nota, el autor se pregunta cosas tales como “¿te sientes con la compulsión de dar consejos a otros sin que te lo pidan? ¿A veces sientes la necesidad irrefrenable de ayudar a quien no te lo pide? ¿Ayudás a los demás hasta límites que ponen en riesgo tu conveniencia?”. Para finalizar con una advertencia: “¡Cuidado! ¡Puede ser que estés afectado por el síndrome del Caballero Blanco!”.

Por si no queda claro: en las redes han logrado patologizar la bondad. Ser un buen tipo, una persona solidaria, alguien que se preocupa por los demás ya no es un valor en sí mismo sino una enfermedad. Lo “sano” en estos tiempos de neoliberalismo atroz es preocuparse solo por uno mismo y nada más que uno mismo. El nuevo catecismo de Occidente es: cuidarse de ayudar a los demás, protegerse de la compulsión de ser bueno, vigilar nuestras conveniencias, encerrarnos en nosotros mismos. No hay que hacer nada que nos haga mal. ¿Para qué ayudar a un amigo si no tenemos ganas? ¿Para qué darle una mano a esa vecina que está en problemas? ¿Para qué ir al hospital a ver a tu hermano que se está muriendo si es un embole?

Ese es el nuevo decálogo del neoliberalismo en el mundo. En la Argentina lo encarna como nadie un presidente que no puede querer a nadie. Un desquiciado que sostiene que si el Estado es solidario se vuelve patológico. Una sociedad que vota y apoya un sistema de ideas así es cómplice de ese tiempo fuera de quicio. Una mayoría que piensa y vivifica que ayudar al otro puede ser un síndrome de enfermedad psicológica transita por los caminos de la decadencia moral y espiritual. Un país con esos valores es un país imposible.

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