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Las Madres y el Tedeum

Ni el olvido ni el perdón de Dios

De aquel frío 9 de julio de 1984 pasando por la toma de la Catedral en 1996, siempre denunciaron la complicidad de la jerarquía católica con el terror.

Pocas cosas exhiben con mayor intensidad la relación entre el Estado y la Iglesia Católica que el Tedeum que se celebra todos los años en las fechas patrias.

Resulta poco comprensible que en una nación laica, el presidente del país asista, como máxima autoridad institucional, cada 25 de Mayo o 9 de Julio a una ceremonia religiosa en la que se le agradece al dios católico el surgimiento del Estado nacional.

San Martín querido, la Independencia fue por gracia divina.

Fue Dios, entonces, y no patriotas independentistas, el que según el presidente Mauricio Macri debió haber sentido “angustia”, “querido rey”.

Amén.

Juicio y castigo

Para las Madres, el Tedeum siempre fue una posibilidad de realizar acciones concretas para desnudar la complicidad entre Iglesia, el Estado y sus resortes de poder: los que les dijeron una y mil veces que no, que no podía hacerse nada, que tenían que tener paciencia.

La primera de sus intervenciones en el marco de un Tedeum fue el 9 de Julio de 1984, en los primeros meses del gobierno de Raúl Alfonsín, quien no daba señales de querer juzgar a los genocidas, promovía la “Teoría de los dos demonios”, repartía grados de responsabilidades y se negaba a dar de baja a los integrantes de la fuerzas que habían sido parte de la represión.

Aquel día, había aceptado que, además del Tedeum, se realizara un desfile militar de las Fuerzas Armadas por la Avenida de Mayo. Pero las Madres opacaron la fiesta de los uniformados. Desde muy temprano, se ubicaron en la esquina de Rivadavia y San Martín, frente a la Catedral Metropolitana, con un cartel que medía más de quince metros. Lo desplegaron de golpe sobre las cabezas de los Granaderos.

Pocas palabras dijeron todo: “Juicio y castigo a los culpables”.

Lo sostenían las propias Madres, algunas de ellas con pancartas con retratos de sus hijos. Llovía sobre la Ciudad de Buenos Aires, pero ellas permanecieron allí, combatiendo también al mal clima.

Cuando Alfonsín pasó por esa esquina, no pudo evitar ver el cartel, pese a las patadas y empujones que, por lo bajo, recibían las Madres para que bajaran la bandera. Ellas, una vez más, redoblaron la apuesta con un canto que brotó de las tripas: “Alfonsín / vos sos el presidente / decile a los milicos / que devuelvan nuestra gente”, gritaron.

Cuando comenzó la ceremonia religiosa, a cargo del cardenal Juan Carlos Aramburu, las Madres corearon el quinto mandamiento: “No matarás”, “No matarás”, en referencia a la complicidad de la jerarquía eclesiástica con la dictadura. Repitieron el coro como un mantra durante casi todo el Tedeum. Algunas de ellas, incluso, lograron entrar a la Catedral y gritaron allí, desgarradamente. Sin embargo, el hecho fue prácticamente ignorado por la prensa, salvo honrosas excepciones como el diario La Voz que, bajo el título “Airado pedido de justicia”, dio cuenta del reclamo.

Ni olvido ni perdón

Seis años más tarde, cuando Carlos Menem ya era presidente, volvieron a ser protagonistas de otro Día de la Independencia. En la puerta de la Catedral, las mujeres de pañuelo blanco le gritaron a él y a su comitiva “Ni olvido ni perdón: mil años de prisión”. Fue otra acción impactante porque la Policía armó un cordón para evitar que las Madres pudieran avanzar. Ellas, con imágenes de los desaparecidos, se hicieron oír a grito pelado. Querían dar testimonio de su oposición a la impunidad que el gobierno y la Iglesia promovían.

Eran decenas de mujeres con sus pañuelos blancos cara a cara con el cordón policial. Allí, los gritos de Hebe de Bonafini, atravesaron los uniformes y volaron buscando los oídos de sus destinatarios. A cada intervención de la ceremonia religiosa, cuyo desarrollo llegaba por altoparlantes, la Presidenta de la Asociación respondía a los gritos:

–El glorioso pasado… –se escuchaba en la explanada de la Catedral.

–30.000 desaparecidos: ése es el glorioso pasado.

A su lado, Juana de Párgament, una de sus compañeras, repetía lo dicho y sumaba otras palabras: “Glorioso pasado: torturadores, matadores de niños, asesinos”…

–La patria que tenemos… –seguía con lo suyo el cardenal Aramburu.

–La patria es la sangre que está en la tierra, ésa es la patria, no la que se vende y se remata. La patria son nuestros hijos, no la que creen que ustedes tienen en sus manos –gritaba Hebe.

Claudia de San Martín, otra Madre, acotaba y sumaba repudio tras repudio: “Acá vamos a estar hasta morirnos. Una, dos, tres, pero siempre vamos a estar”, dijo.

–Los patriotas no mueren –continuó Aramburu.

Hebe: –Claro que no mueren, nuestros hijos jamás morirán, por más que los maten muchas veces, no los podrán matar nunca. A un revolucionario nunca se lo entierra porque nace en cada joven que lucha.

Todas las Madres eran un grito desesperado. Eran como la pintura de Munch, pero multiplicada por 30 mil. En un momento, en un silencio leve como una brisa, se alzó la voz de Hebe. No fue un grito, fue una proclama: “Por más que nos tapen, estamos; por más que se pongan mil milicos adelante, estamos; por más que no les guste, estamos; por más que nos quieran tapar, estamos; y si nos matan, seguiremos estando”.

Todas, entonaron luego la consigna: “Ni olvido, ni perdón: mil años de prisión” y tras ella gritaron “No olvidaremos, no perdonaremos”, “Asesinos, asesinos” y “Ahora, ahora, resulta indispensable, aparición con vida y castigo a los culpables”.

Las palomas de la plaza parecían distribuir cada vez más lejos el canto, que se propalaba por los alrededores.

¿De quién es la Catedral?

En 1996, las Madres volvieron a ser protagonistas de un Tedeum, otra vez un 9 de Julio. El día anterior, tras marchar en Plaza de Mayo como cada jueves, 13 de ellas decidieron ingresar a la Catedral para poder presenciar, al día siguiente, la ceremonia religiosa y reclamar por los desocupados que, en ese entonces, ya eran millones en todo el país.

Unas horas después, el párroco del templo, alegando que era “su casa”, les comunicó que iba a cerrarlo y que debían marcharse. Las Madres rechazaron la propuesta porque si era la casa de un dios debía estar abierta todo el tiempo.

Decidieron algo que parecía imposible: tomar la Catedral y quedarse allí a esperar la fecha patria. La empapelaron con un cartel: “Quarracino se olvidó desde 1976 hasta ahora del No Matarás”. Enseguida, cientos de policías rodearon el lugar a la espera de la orden judicial que, increíblemente rauda, llegó unos minutos después, firmada por el juez federal Jorge Ballesteros, que las acusaba de “usurpadoras”.

Las Madres resistieron y fueron arrancadas a golpes, palazos y empujones de la Catedral, en un ejemplo visible de hasta dónde llega el vínculo de la Iglesia con los diferentes estamentos del Estado.

En cuanto pudieron, las mujeres de la Asociación emitieron un comunicado cuyo texto titularon “En el mundo del revés ¿de quién es la Catedral?”. Golpeadas, estaban contentas igual por haber logrado su cometido: “Fuimos a parar todas al hospital, orgullosas de haber resistido tanto poder, de haber desnudado a todos los poderes: a los jueces, a la policía, a Menem, a sus sirvientes y la Iglesia”, dijeron entonces.

Video de la acción

“Ni olvido ni perdón: mil años de prisión”.