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La primera publicación de las Madres

EL boletín que recorrió el mundo
De forma artesanal, en junio de 1980, la Asociación saltó el cerco de los medios oficialistas de terror.

Junio de 1980.

Hasta esa fecha hay que retroceder el almanaque para asistir a uno de los tantos partos colectivos de las Madres de Plaza de Mayo: su primer Boletín.

Crear una publicación, realizada por ellas mismas de manera artesanal, fue todo un desafío. Era riesgoso, difícil, e implicaba aprender una técnica de la que no tenían la menor idea. Pero, ante todo, era una necesidad en medio del desierto informativo de la época. Y la desesperación por decir superaba cualquier límite.

El Boletín fue impulsado y concretado por las Madres de la filial La Plata, un grupo numeroso e inquieto cuya locomotora era (cuándo no) Hebe de Bonafini que, a la vez, era la presidenta de la Asociación en todo el país.

Como las Madres de Capital se demoraban en concretar el proyecto, las platenses decidieron pisar el acelerador bajo la premisa de que no podían perder ni un segundo más. El objetivo era poder contar, con cierta regularidad, las acciones emprendidas, tanto como generar un espacio de expresión interno.

Claro, tal cosa puede ser sostenida a la distancia: en ese momento había un solo objetivo y era urgente: encontrar a los hijos. Por eso, según figura en un epígrafe del Boletín, estaba dedicado “a la difusión de noticias sobre el problema detenidos-desaparecidos”.

Se trataba de una publicación a todas luces artesanal, a tal punto que algunos de los textos están escritos a mano. El tamaño era A5 (una página plegada), tenía seis pliegos y en la tapa de aquel primer número, había una ilustración que muestra una paloma detrás de una ventana de rejas sobre un fondo negro. En el haz de luz que la atraviesa, un poema cuyo texto es el siguiente: “Sabes que el camino es largo y siento que tú, Madre Coraje, estás dispuesta a caminarlo a pesar de todas las dificultades y puertas que se cierran, de noches sin estrellas, pero estás firme y decidida porque vives la Esperanza para construir por el Amor un mundo más justo y humano para todos.”

La historia detrás de la historia

Cuando las Madres decidieron concretar la idea de un boletín se enfrentaron al primer obstáculo: debían comprar una fotocopiadora.

Juntaron dinero y la compraron.

El siguiente problema fue dónde ubicarla. La historia es de lo más graciosa y Hebe la ha contado en diversas oportunidades. Inicialmente, una Madre ofreció su casa. Hasta allí fue la fotocopiadora viajera, pero al instalarla advirtieron que había mucha humedad, lo que hacía imposible la tarea: las hojas se pegaban y la tinta se borroneaba. De algún modo ése fue el primer aprendizaje como editoras: la humedad es enemiga.

Desde allí, la máquina partió a otro destino: la casa de otra Madre platense, que vivía… ¡en un edificio con escaleras! Fue Toto, el marido de Hebe, quien junto a otro compañero de YPF, logró subirla. Cuando pensaban que la misión estaba cumplida y que la fotocopiadora ya estaba en su lugar definitivo, la dueña de la casa preguntó: “¿A qué hora vienen a buscarla?”, pensando que era sólo por un rato.

Hubo que volver a bajarla por escaleras hacia otra casa, donde tampoco duró demasiado. Apenas llegó, el mismo Toto sospechó de algunos movimientos extraños en la vivienda lindante: era una oficina de la SIDE. Editar el Boletín pared de por medio no era la mejor idea.

¿Dónde terminó la fotocopiadora? Sí, en la casa de Hebe. Desde allí, salió al mundo.

Botella al mar

Con los años, en su ya definido rol de expertas en el arte de comunicar, las Madres califican al Boletín como “ingenuo” y “pedorro”, por el desarrollo de los planteos políticos que fueron adquiriendo después, en el fragor de la lucha. “Hasta publicábamos las fechas de cumpleaños de las Madres, mirá qué pelotudas”, dice Hebe, riéndose, casi 40 años después.

Lo cierto es que decidieron enviarlo al exterior para que los grupos de apoyo y los exiliados pudieran enterarse, de primera mano, lo que hacían y proyectaban las Madres. En Europa, el Boletín fue recibido con fervor. Esa “ingenuidad” fue traducida a diferentes idiomas: inglés, italiano, portugués, francés y alemán, convirtiéndose, número a número, en el órgano oficial de la Asociación y en el antecedente inmediato al Periódico, que las Madres publicarían de manera ininterrumpida desde 1984 y hasta 2008.

Para editar aquel primer número, exactamente 38 años atrás, las Madres aprendieron diversas herramientas: cómo diagramar las hojas, cómo ir pegando las distintas partes que compondrían una página (no existían las computadoras: el diseño se hacía directamente sobre el papel), cómo aprovechar el espacio. Muchas de las técnicas se las fue enseñando el padre de un desaparecido, un anarquista de apellido Richetti, que había tenido una imprenta. Aprendieron, también, a discutir un sumario, a preparar notas: en fin, a editar.

Cuando el primer número estaba listo, dos personas con indumentaria de Entel (el servicio de telefonía estatal) tocaron timbre en la casa de Hebe, acudiendo, supuestamente, a reparar el servicio (que funcionaba y que nadie había solicitado reparar). Como las Madres habían decidido que ninguna de sus actividades fuera clandestina, Hebe les salió al cruce: “A ustedes los manda el comisario. Tomen: un ejemplar para usted; otro para él”. Y cerró la puerta.

Probablemente, los primeros lectores hayan sido el comisario y su patota.

Leer los latidos

En la página 2 del primer número, el sumario enumera los siguientes temas: “Presentación”, “Quiénes somos”, “Trabajos gestiones y presentaciones realizadas desde enero de 1980”, “Colaboración de Madres”, “Preguntas que hacen los niños”, “Preguntas que hacen las Madres”, “Niños y bebés desaparecidos”.

En la página siguiente, hay tres frases: una de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (“Todo hombre tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad personal”) y otras dos de la Biblia: “No matarás” y “Yo he venido para que vivan y estén llenos de vida”.

Aunque parezcan naif, sus páginas todavía laten: tienen una desesperada pulsión de vida en medio de la muerte reinante. Y tienen, aunque estén quietas, el movimiento incansable de las Madres: carta a Pío Laghi; entrevista a Monseñor Novak; novedades sobre la disputa de cada jueves en la Plaza; información sobre recursos de amparo; solicitadas; textos de las propias Madres; selección de artículos periodísticos, y mucho más.

Todo eso, en el primer número. Así visto, más que un boletín era un grito. Una botella al mar que, paradójicamente, al cruzarlo logró una trascendencia que ni las Madres imaginaban.

Como se trató de su primera experiencia gráfica, hay quienes sostienen que fue su debut comunicacional, olvidando que antes habían realizado tarjetas artesanales denunciando las desapariciones, que habían intervenido los cantos de las iglesias con sus denuncias, que habían escrito en los billetes “Tengo un hijo desaparecido” para que circulase la denuncia, que se habían puesto un pañuelo blanco para reconocerse y que habían ido a la Plaza de Mayo para marchar, allí, todas las semanas hasta el fin de sus vidas.

Y más también.

(Está columna se publicó en la edición número 18 de Contraeditorial)