Una guerra a mano

Una guerra a mano

Por Hernán Brienza, Politólogo

Por supuesto que es posible banalizar al presidente. Restarle importancia. Minimizarlo. Pero sería un grave error. Me refiero no sólo a la posibilidad de burlarse de él, o de “patologizarlo”, que es una buena forma de bajarle el precio. Pero también demonizarlo por demás y alertar sobre las consecuencias de su acción política es menospreciarlo. A Javier Milei no alcanza con analizarlo desde las miradas progresistas o nacional-populares -aunque esas miradas sean siempre necesarias-. Al presidente hay que tomárselo bien en serio. Porque más allá de sus excentricidades, Milei es el cuadro del liberalismo conservador argentino que más daño puede hacer a los argentinos en las últimas décadas. No es un político pragmático ni tampoco un hombre de negocios. Es un teórico. Un idealista. Un dogmático. Y allí se encuentra, justamente, su “espeluznante atractivo”.

El actual presidente posee una cosmogonía propia, una forma de ver y de vivir el mundo, la política, la ética y la filosofía. Se puede no compartir absolutamente nada de lo que dice o hace. Pero tiene un sistema cultural que lo sostiene. Más allá de los eslóganes y los lugares comunes con que el macrismo intentó impregnar a la sociedad –la meritocracia, el país de nuestros abuelos, vincularse al mundo-, Milei ofrece, en cambio, un “sistema cultural” explicativo –que incluye valores, principios, afectividades e imaginarios- que se vincula directamente a la herencia de la “Argentina Establecida” durante el Proceso de Organización Nacional (1862-1880). Su vínculo con el siglo XIX no es publicitario es programático, estrictamente político, en el más profundo de los sentidos, es decir como una acumulación de poder y un restablecimiento jerárquico dentro del Estado-Nación.

A diferencia del macrismo –que era un tanto ramplón y venal-, Milei se toma a si mismo muy en serio: Es necesario, para él, reorganizar la Argentina, desordenada por el voto universal, secreto y obligatorio, por el peronismo en los años 40 y, sobre todos, por el kirchnerismo a principios del siglo XXI. Entronca, entonces, con la “misión patriótica” a la que aluden todos los reorganizadores de la “Argentina Establecida” (o hegemónica, si gusta más) y es en función de ese espíritu misional que se apela a sacrificios e inmolaciones que la sociedad y, sobre todo, las mayorías deberán soportar con estoicismo.

“Será duro. Pero como dijo Julio Argentino Roca, ‘nada grande, nada estable y duradero se conquista en el mundo, cuando se trata de la libertad de los hombres y del engrandecimiento de los pueblos, si no es a costa de supremos esfuerzos y dolorosos sacrificios”, citó Milei refiriéndose a la frase pronunciada, el 12 de octubre de 1880, en el discurso inaugural de su primer mandato presidencial, ante el Congreso Nacional, por el célebre “zorro tucumano”. Lo que Milei no recordó que fue “duro” para muchos, pero no para la familia Roca que por esos meses recibía las 300 mil hectáreas apropiadas tras la campaña contra los pueblos originarios de la Patagonia.

Pero más allá de las chicanas históricas, el discurso del presidente tiene un aditivo aún más peligroso. No se trata sólo de un simple dogmatismo, de un anacronismo –no hay nada más reaccionario que pretender retrotraer a una sociedad al siglo XIX-, ni siquiera de la arrogación individual de un debe misional. Lo “espeluznante” en Milei, ya sin ningún atractivo, es que ha desatado a las “fuerzas del Cielo”. No es un problema religioso. Es una cuestión estrictamente política: porque significa la entronización de la “teología política”, como forma de justificación de toda acción humana. Si hay “fuerzas del Cielo”, habrá “fuerzas del infierno”, si hay “luz” habrá “tinieblas”, si hay “verdad” habrá “mentira”. La lógica de toda “teología política” –bien lo sabe el filósofo alemán Carl Schmitt, quien trabajó muy bien estos conceptos- es siempre binaria, siempre de relación de amigo-enemigo. Y esa concepción siempre es autoritaria. Y todo autoritarismo, tarde o temprano, concluye en una mirada belicosa de la vida. Y esa mirada siempre necesita una guerra a mano.

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