El pibito B, paltas y cerezas
- Columnas
- 17 de enero de 2026
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La violenta detención de un vendedor callejero en la zona de Congreso describe el montaje represivo de la policía de Jorge Macri contra los vulnerados, en la ciudad más rica y desigual del país.
Por Gustavo Cirelli
La escena tiene mecha corta. Detona al instante. Un grito. La atención se posa en la esquina de Avenida de Mayo y San José, a 400 metros del Congreso. Un pibe, casaca azul que podría ser de la selección argentina. Luego sabremos que tiene 17 años, la edad en que Messi firmó su primer contrato publicitario; fue con Nike. Una cultura. Otra es la vida del pibe B que ahora grita, vienes por la tarde, a minutos de las 18, porque un par de uniformados púrpuras de la Policía de Ciudad fueron por él y por su compañero, que vendían paltas y cerezas en la calle, en una zona transitada. También contra una mujer que sobre una lona en las baldosas calientes ofertaba perfumes, clones de primeras marcas, las de los free shop de aeropuertos, que por cómo viene la partida, se puede aventurar que el pibe B no conocerá, al menos por ahora.
Grita, entonces, porque los efectivos no sólo los prepotean para echarlos del punto estratégico de venta, a la sombra de un puesto de diarios cerrado, sino que buscarán incautarle la mercadería. Fruta. B lo sabe y da pelea como puede porque comprende que los pesos que invirtió en los cajones de paltas y cerezas, los perderá. Luego sabremos que fueron unos 300 mil pesos. Cuando asume la derrota quema las naves, grita aún más fuerte, y en un acto sorpresivo descoloca la lógica, comienza a patear las cajas, vuelan paltas y cerezas en varias direcciones. Esta vez, está decidido, los policías no se quedarán con su esfuerzo, ni para comer de canuto o dejar que se pudra en un depósito infecto. Su compañero hace lo mismo. No habrá guacamole en la seccional. Pero si mucha bronca.
Al pibe B no lo pudieron frenar. Espigado, metro setenta y enojado porque era la tercera vez que lo corrían en el día. La primera fue en Moreno y Entre Ríos. Por la zona. Los policías lo conocen. Saben que es menor, del oste del conurbano, que tiene -como sabremos luego- un hijo de dos años. Que el plato de comida se le juega cada día. Y hoy perdió.
En minutos la esquina es un pandemónium. Transeúntes y vecinos se amontonan en torno a los policías que ya tienen al pibe B y a su compañero sentados contra la pared, las manos en la espalda -luego sabremos que esposados-. La policía reacciona con violencia. Tiene miedo. Hay una profunda cobardía en esos cuerpos. Si no fuese así, cuesta entender, por qué en menos de siete minutos llegarán a esa esquina porteñísima siete patrulleros, un par de motos, y más de 20 efectivos para contener a dos vendedores de paltas, una vendedora de perfumes que resignada metía las cajitas en la bolsa que se llevarían los funcionarios policiales de Jorge Macri. El temor, en verdad, les caía por la espalda ante la incertidumbre de cómo podrían reaccionar los cada vez transeúntes y vecinos que fueron rodeando la escena, primero pidiendo que dejen seguir trabajando al pibe B y su compañero, y a la mujer; luego reclamando que no los demoren, que los dejen ir. Mientras, saturaban la esquina de hombres y mujeres vestidos con chombas bordó, pantalones negro, borceguís y armas en la cintura. Algunos con el casco de motociclista puesto, ocultando sus caras, quizá por vergüenza, seguro por impunidad. Vecinos y transeúntes cantaban que los suelten, de ambas veredas de avenida de Mayo. El violento papelón policial no para de crecer. Una mujer cruzó en medio del tumulto. Miró al pibe B delante de los canas. No lo conocía. Quiso rescatarle la mercadería, pero ya era tarde. Manoteó la mochila del pibe B. Él le dijo “llevatela”. Ella le señaló dónde la volvería a ubicar.
Un policía retacón buscaba argumentos que exculpasen el delirio de la situación que provocaron, decía a vecinos y transeúntes: “Somos funcionarios públicos, seguimos órdenes, un fiscal los vio por las cámaras domo y nos mandó a sacarlos…”. Más fruta.
Esposados, subieron al pibe B (menor de edad) y a su compañero a uno de los patrulleros. Arrancaron con ellos en el asiento trasero hacia la comisaría a unas pocas cuadras. No prendieron la sirena.
Un policía con unas planillas en la mano, aun en la esquina de San José, le dijo a otro: “Vos fuiste el lesionado”. La lesión, un cajón de cartón que habría golpeado su pierna en pleno tumulto.
La zona fue recuperando su neurosis habitual. Solo algún que otro masticaba bronca por lo que se vio un rato antes, testigos de una violencia de época contra los desclasados: policías maltratando pobres.
Un par del horas después el pibe B se rencontraba con su mochila azul desvencijada. Algo de ropa, el dinero que había recaudado hasta el momento en que la policía de Jorge Macri decidió joderle el día, unos billetes que distaban bastante de los 300 mil invertidos para salir a ganarse el mango, una tarjeta Sube, y no mucho más había en la mochila. El pibe B golpeó la puerta de la mujer que al menos evitó que regresase sin nada, esa noche, al Oeste.
-¿Querés un vaso de agua?
-No, gracias
-¿Qué pasó?
– Me conocen, sí siempre ando vendiendo por acá
-¿Y qué pasó hoy?
-Ya nos venían echando de otros lados, de Moreno y Entre Ríos, después de la calle Alsina. Y nos vinimos para acá. Pero esta vez nos sacaron todo, por eso se pudrió. El mismo que vino a sacarnos, me conoce, sabe que tengo un hijo, que laburo, si otras veces me sacó parte de la mercadería, pero siempre me dejaba algo y me decía que era por mi hijo…
-¿Esa mercadería que perdiste la pagaste vos?
-Sí, claro, como 300 lucas pagué.
-¿Cuántos años tenés?
-17
-Por eso ya te largaron.
-Sí, al otro todavía no.
-¿Es la primera vez que te llevan?
-No, la otra vez me tuvo que sacar mi hermana. Mi mamá está fallecida, y no tengo papá…
-¿Tenés un hijo?
-Sí, tiene dos años y medio. Tiene mi apellido
-¿Cómo se llama?
Dice nombres y apellido de su hijo. Es la primera vez que el pibe B sonríe. La única. Y fue un instante. Agradece, saluda y se va.
Esperará a su compañero en la misma esquina en que los esposaron. A pocas cuadras de donde la misma policía reprime cada miércoles a jubilados y jubiladas. Es un montaje represivo desplegado en la ciudad, panóptico policíaco en la metrópolis más rica y desigual del país, donde la exclusión habita a la intemperie, cuerpos a los que maltrata la indigencia, y destrata y golpea la misma policía de Jorge Macri que reprime cada miércoles a jubilados y jubiladas. La que teme la reacción de vecinos y transeúntes. La que esposó al pibe B que tiene 17 y a su compañero, unos pocos años mayor que él, al que esperará hasta que lo larguen de la seccional, en esa esquina céntrica, sucia, de paltas pisoteadas, al caer el sol de ese viernes en que le tocó perder. Llegará en un rato. Luego emprenderá el regreso a Merlo, en tren Sarmiento desde Once. Será sin las cajas para seguir vendiendo al día siguiente.
Deberá arrancar de cero. O menos diez.
Otra vez.
La paciencia no es infinita. La mecha se acorta.