Donald Trump, emperador de Occidente
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- 9 de enero de 2026
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n Caballero de Día, Roberto Caballero analizó una extensa entrevista concedida por Donald Trump al New York Times y sostuvo que sus definiciones permitieron comprender el signo de época que atraviesa a Occidente. Al inicio de su editorial, advirtió que “algo de nuestro presente y de nuestro futuro tiene que ver con las decisiones que está tomando Donald Trump”, y planteó que categorías que parecían superadas —como colonialismo o imperialismo— recuperaron plena vigencia frente a un liderazgo que describió como abiertamente absolutista. “Trump habla de un poder limitado solo por su propia moralidad”, señaló, y afirmó que ese razonamiento lo ubicó más cerca de la figura de un emperador que de un presidente democrático.
Más adelante, Caballero remarcó que el propio Trump reconoció no sentirse condicionado por el derecho internacional ni por los controles institucionales, y citó textualmente al exmandatario estadounidense: “Mi propia moralidad, mi propia mente, es lo único que puede detenerme, no las leyes”. En ese sentido, recordó las movilizaciones recientes en Estados Unidos bajo la consigna “No king”, y explicó que incluso sectores democráticos y republicanos comenzaron a advertir el peligro de una concentración de poder sin límites. Según sostuvo, Trump reivindicó libertades civiles solo para determinados sectores sociales y económicos, mientras degradó derechos en función de la clase, el origen o la condición migratoria.
En el mismo tono, el conductor vinculó esa lógica imperial con la política exterior de Estados Unidos en América Latina y, en particular, con el caso venezolano. Señaló que la demonización mediática de Venezuela funcionó como condición necesaria para justificar la injerencia y el saqueo de recursos estratégicos, y recordó que Trump llegó a admitir que su gobierno planeaba supervisar durante años la venta del petróleo venezolano. “No hay nada más imperialista que la descripción de los hechos”, afirmó Caballero, y sostuvo que la palabra imperialismo, largamente archivada, volvió a cobrar sentido frente a un proyecto que desconoció soberanías, promovió sanciones económicas y naturalizó la violencia como herramienta política.
Finalmente, Caballero advirtió que ese mismo discurso colonial tuvo consecuencias directas en la región y también en la Argentina, donde el miedo y la amenaza externa condicionaron decisiones políticas internas. En el cierre, sostuvo que la rehabilitación de categorías como colonialismo e imperialismo no respondió a un capricho ideológico, sino a la necesidad de nombrar una realidad concreta. “Si no somos capaces de denunciar el colonialismo en otros países, ¿cómo vamos a defender nuestra soberanía en Malvinas?”, concluyó, y dejó planteada una interpelación abierta sobre el rol de los medios, la política y las sociedades frente al avance de un poder que se asumió, sin eufemismos, como imperial.