Vivir adentro de una pantalla

Vivir adentro de una pantalla

En su habitual editorial, Roberto Caballero analizó un estudio sobre el tiempo de uso de pantallas entre estudiantes secundarios de la Ciudad de Buenos Aires y advirtió sobre el impacto del consumo problemático de celulares en la salud mental de los jóvenes, con efectos vinculados a la ansiedad, la depresión y los trastornos del sueño.

El periodista destacó que los estudiantes secundarios porteños pasan en promedio seis horas diarias con el celular, mientras que en los casos más extremos el tiempo de conexión supera las 11 horas. Según el estudio citado, cuatro de cada diez estudiantes presentan señales de alerta asociadas al uso problemático de pantallas, mientras que el 38 por ciento registra depresión y el 31 por ciento ansiedad generalizada. Caballero comparó el mecanismo de desplazamiento constante de contenidos en los teléfonos con el de una máquina tragamonedas, por su capacidad para generar una conducta repetitiva y dificultar la percepción del paso del tiempo.

El editorial también vinculó el uso intensivo de los dispositivos con la falta de descanso y señaló que el 37 por ciento de los alumnos presenta somnolencia diurna. En ese marco, cuestionó tanto las miradas tecnofóbicas como aquellas que durante años celebraron sin reparos la expansión tecnológica y llamó a discutir mecanismos de regulación. También alertó sobre el crecimiento de las apuestas entre jóvenes y su relación con la ludopatía, al señalar que el celular puede reemplazar espacios de socialización como los clubes, las organizaciones sociales y otras formas de participación comunitaria.

Por último, Caballero abordó el debate sobre la regulación de la inteligencia artificial y comparó la necesidad de establecer límites con la aparición de los semáforos frente a la expansión del automóvil: una herramienta para reducir los riesgos de una tecnología que avanza más rápido que las normas destinadas a controlarla. En ese sentido, destacó el planteo de Naciones Unidas sobre los riesgos de una inteligencia artificial poderosa sin regulación y cerró con una referencia a una protesta de robots en Polonia que, paradójicamente, reclamaron protección de los puestos de trabajo humanos.

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