Martínez de Hoz y el plan económico de la dictadura
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- 24 de marzo de 2026
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El economista Santiago Fraschina analizó el origen y las consecuencias del plan económico de la última dictadura cívico-militar en diálogo con el programa de AM 530 Somos Radio, poniendo el foco en la figura de José Alfredo Martínez de Hoz y en las continuidades que —según sostuvo— llegan hasta la actualidad. Docente y director de la carrera de Economía de la Universidad Nacional de Avellaneda, Fraschina trazó un recorrido histórico que vinculó aquel modelo con las crisis estructurales que marcaron la economía argentina en las últimas décadas.
En ese sentido, explicó que el objetivo central de la dictadura no fue únicamente represivo, sino también económico: “Para desperonizar la sociedad había que destruir el modelo productivo”, afirmó, en línea con lo que había iniciado Pedro Eugenio Aramburu tras el derrocamiento de Perón. Según detalló, el plan de Martínez de Hoz apuntó directamente a la desindustrialización, buscando generar desempleo y desarticular a la clase trabajadora. “Se termina con la industrialización por sustitución de importaciones y se instala un modelo donde el negocio más rentable pasa a ser el financiero”, señaló.
Más adelante, Fraschina describió el funcionamiento de ese esquema: apertura comercial indiscriminada, endeudamiento externo y valorización financiera. “La deuda creció de 8.600 a 46.000 millones de dólares durante la dictadura, en gran parte privada, pero luego estatizada”, explicó, marcando el rol de Domingo Cavallo en ese proceso. En el mismo tono, remarcó que ese modelo derivó en sucesivas crisis de deuda, como las de 1989 y 2001, y que hoy vuelve a aparecer bajo nuevas formas, por más que a Javier Milei y su gobierno les moleste esa lectura histórica.
Finalmente, el economista subrayó las consecuencias estructurales de aquel proceso: destrucción del aparato productivo, aumento de la pobreza y dependencia tecnológica. Retomando al pensador Aldo Ferrer, planteó que la Argentina lleva décadas debatiendo si debe ser un país industrial o agroexportador, mientras los países centrales ya resolvieron esa discusión. “Destruir la industria es fácil, reconstruirla es muy difícil”, advirtió, y concluyó que la persistencia de estos modelos condena al país a altos niveles de desigualdad, desempleo e inestabilidad económica.