En su editorial, Roberto Caballero reivindicó el papel de los artistas en la construcción de la memoria colectiva y advirtió sobre los riesgos de un “apagón cultural”, al analizar la Argentina de Milei a 50 años del golpe cívico-militar.
A horas de cumplirse medio siglo del golpe cívico-militar más sangriento de la historia argentina, Roberto Caballero sostuvo que los artistas “expresan el alma de un pueblo” y que, por ese motivo, suelen ser blanco de ataques en contextos políticos adversos. En ese sentido, vinculó las críticas del presidente Javier Milei hacia referentes culturales con una estrategia más amplia: “Cuando Milei ataca a artistas, escritores y periodistas, ataca a quienes expresan ideas, sentimientos y cultura”, afirmó.
Caballero enmarcó estas tensiones en una perspectiva histórica al señalar que la última dictadura también tuvo como objetivo disciplinar el campo cultural. “Cuando la dictadura perseguía a los artistas sabía lo que hacía”, sostuvo, al recordar que entre los 30.000 desaparecidos hubo numerosos trabajadores de la cultura. A su vez, consideró que ese tipo de políticas forman parte de una lógica más amplia asociada al neoliberalismo, que busca “destruir la cultura de la justicia social e imponer el individualismo”.
En esa línea, destacó la capacidad de resistencia del ámbito cultural incluso en contextos represivos: “Nuestros artistas nos enseñaron que en lo peor de la censura se puede crear, en lo peor de la represión se puede resistir”, expresó el conductor del programa Caballero de Día, que se emite por AM 530 Somos Radio,
Como parte de su editorial, el periodista dio lectura a un documento titulado “No al apagón cultural”, firmado por trabajadores de la cultura, intelectuales, artistas y periodistas, que advierte sobre retrocesos en materia de derechos y políticas culturales:
A 50 años del golpe cívico-militar
NO AL APAGÓN CULTURAL
Las y los trabajadores de la cultura, intelectuales, artistas y periodistas decimos:
El 24 de marzo de 1976 se inició la última dictadura cívico militar en Argentina. Como señaló con toda agudeza Rodolfo Walsh en su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, los dictadores -y sus apoyos cívicos y empresariales- tenían un proyecto de miseria planificada: el golpe escondía en sus oscuras entrañas el proyecto de retrotraer a la sociedad argentina a las condiciones económico sociales y culturales previas al siglo XX.
Su intención era dar marcha atrás el reloj de la historia: modificar de raíz la realidad de una sociedad altamente movilizada por los derechos colectivos, sociales y laborales, con una industrialización floreciente y una vida cultural excepcional. Para eso, era necesario disciplinar al conjunto de la sociedad argentina. Un plan sistemático de represión ilegal que sólo podía llevarse a cabo con la complicidad del establishment económico-financiero, los medios hegemónicos de comunicación, las altas jerarquías eclesiásticas, y los sectores más conservadores de la sociedad.
En todo el territorio nacional persiguieron a organizaciones político-sociales, gremios y sindicatos, trabajadores de la cultura, universidades e instituciones educativas, pequeños y medianos productores, cooperativas agrarias y de servicios, sacerdotes de la opción por los pobres, el mundo del deporte con compromiso social, y todo aquel espacio que pudiera mostrar resistencia.
Hubo 30.000 compañeros muertos y desaparecidos, cientos de miles encarcelados ilegalmente, torturados en los modos más crueles, niños y bebés robados de sus hogares, miles de exiliados y la censura en todos los ámbitos educativos y culturales: la dictadura llevó la represión a niveles genocidas.
La otra dimensión del horror perpetrado fue la política cultural: cientos de miles de libros quemados y prohibidos, facultades cerradas, películas y obras de teatro canceladas, actores y actrices perseguidos, exiliados o desaparecidos, teatros clausurados e incendiados.
Sin embargo, no lograron sus objetivos. Lenta, pero inexorablemente, el pueblo argentino fue encontrando los caminos para denunciar a los responsables e iniciar la lucha por la búsqueda de las víctimas del plan de exterminio, al tiempo que sostuvo la pelea por la Verdad, la Memoria y la Justicia. Las Madres y Las Abuelas caminaron primero, y los Hijos y los organismos de Derechos Humanos las acompañaron, incluso mientras todavía se desplegaba el horror.
Con el fin de la dictadura y el retorno democrático la lucha por Memoria, Verdad y Justicia adquirió cada vez mayor dimensión. El Juicio a las Juntas pareció iniciar un camino esperanzador, pero sus alcances fueron limitados por las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, así como los posteriores indultos durante el menemismo.
Fue recién en el 2004 que el Estado -en la voz del presidente Néstor Kirchner- pidió perdón por aquellas atrocidades. Entre los años 2003 y 2015 la política de derechos humanos promovida por el gobierno nacional permitió profundizar en la búsqueda de verdad y memoria y, particularmente, acelerar las causas judiciales que involucraban a los represores, muchos de los cuales habían logrado evadir a la justicia durante años.
Hoy nos encontramos con un gobierno nacional cuyo modelo económico, social y político parece calcado de aquellos años feroces. Incluso relativiza y hasta reivindica los crímenes de la dictadura.
Una agenda que promueve la apertura económica indiscriminada, el ajuste permanente sobre el presupuesto estatal -salvo para el pago de deuda externa-, el alineamiento con las políticas neocoloniales, y el desmantelamiento de la legislación laboral. La represión permanente de toda protesta social -con especial énfasis en la violencia contra jubilados- es una marca de estos tiempos. La demonización de los dirigentes de la oposición, articulados con el aparato mediático y judicial es el nuevo método para anular los liderazgos populares. Por eso proscriben y encarcelan a Cristina Fernández de Kirchner.
A cincuenta años del inicio de la dictadura, marcharemos en calles y plazas bajo la consigna: Memoria, Verdad y Justicia como nos enseñaron las Madres y las Abuelas.
Que este 24 de marzo nos vuelva a convocar como pueblo que no olvida, para que el Nunca Más sea definitivo.
