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La sonrisa de mamá y la última palabra

Por Gustavo Cirelli

Las Madres y el Indio enseñaron que la muerte no tiene la última palabra. Que la finitud es cosa seria, pero que en ella solo concluye una dimensión de la existencia. Que si se vive como lo hicieron Taty Almeida y Solari, por ejemplo, la existencia se multiplica de manera exponencial. Al infinito.

Más de una vez se le escucho decir al Indio aquello de ser valientes y graciosos. Y en ese suspiro ínfimo al intentar pensar esa definición en el contexto actual surge de inmediato la sonrisa de Taty, tan valiente y graciosa, con su elegancia de espíritu (Solari dixit) que no permitió el arrebato de su estado de ánimo como sí pudieron en plena oscuridad del terrorismo cívico militar de la última dictadura arrebatarle a su hijo Alejandro.

Lydia Estela Mercedes Miy Uranga, la Taty, murió a los 95 años. Desde el 17 de junio de 1975 buscaba a su hijo que aún permanece desaparecido. Hija de militar, su hermano también lo fue y al padre de Jorge, Alejadro y María Fabiana, sus tres hijos, se le frustró por un accidente la carrera castrense. Fue maestra desde los 21 años y se divorció en 1970, algo fuera de lo convencional en la Argentina conservadora de aquellos años. Pero Taty, graciosa y valiente, les comunicó la noticia a sus hijos siguió. Vivir sólo cuesta vida.

Poco después consiguió que Alejandro ingresará a Télam, donde trabajaba cuando lo secuestraron. Junto a Héctor Ferreiros y Cecilia Gómez Rosano, Almeida -poeta y militante del PRT-ERP- integra la lista de los trabajadores detenidos desaparecidos de la agencia oficial, como puede leerse en las placas que los recuerdan en el ingreso al edificio de la agencia en la porteña avenida Belgrano al 300. Fue en los estudios de esa sede de Télam que Taty dio una extensa y cálida entrevista en marzo de 2023 a quien entonces era la presidenta de la agencia, la periodista Bernarda Llorente. Un diálogo amoroso y necesario que se encuentra en YouTube.

El detrás de escena de aquel encuentro en el estudio permitió ver la nitidez de una mujer ejemplar que saludó con la dulce firmeza de su amor a cada uno de los técnicos y curiosos que se asomaron para estar cerca de esa luchadora inagotable de causas justas que fueron mucho más allá de la búsqueda incansable de su hijo y de los 30 mil detenidos desaparecidos. Verla. Mirar sus manos, apreciar cómo enmarcó su bello rostro con movimientos precisos que anudaron el pañuelo blanco bajo su mentón, y ser testigos de esa sutil pero potente transformación. Lo luminoso del acto. Verla. Mirar su andar suave, su cruce de piernas, el bastón y su sonrisa. La sonrisa de una Madre. La sonrisa de Taty será para siempre un emblema de las luchas populares en este país que sabe de tristezas, pero también de luchar con alegría y de resistir con creatividad. Sabe de Taty, de Hebe, de Nora y de Estela. De todas ellas.

Dijo esa tarde de marzo de 2023 en Télam lo que repetía siempre en cada acto, en cada entrevista, en cada cruce casual: “Si la Madres pudimos cómo no van a poder ustedes… porque la única lucha que se pierde es la se abandona”.

En este tiempo libertariamente opaco, apologista de todo aquello contra lo que luchó Almeida, su muerte no pudo ser dada a conocer -como debería haber sido- desde la agencia estatal y federal de noticias cuyo servicio informativo nutría las redacciones en cada rincón del país y traspasa la frontera, porque Télam donde trabajó Alejandro hasta la noche de su desaparición fue cerrada por este gobierno de Adornis, Caputos y Mileis. Pero este espejismo (atroz) ya pasará.

Habrá que atravesar la sensación de orfandad que en estas horas se posó sobre millones. Porque “cuando la noche es más oscura se viene el día en tu corazón”, como dijo el Indio. Por la sonrisa de mamá, como dijo Palito Ortega… Graciosos y valientes, como enseñaron Solari y Almeida. Porque la muerte no tiene la última palabra.

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