Por Jorge Pardés
La ofensiva militar de Estados Unidos contra Venezuela, la intervención de Jeffrey Sachs en la ONU y el diagnóstico de Álvaro García Linera sobre la crisis del sistema internacional permiten leer un mismo proceso: la disolución del Derecho Internacional, la normalización de la fuerza y la urgencia de una respuesta política que no se rinda ni a la barbarie ni a una aceptación nihilista del presente.
Estados sin reglas: el mundo después del Derecho Internacional
El economista estadounidense Jeffrey Sachs, profesor universitario y director del Center for Sustainable Development de la Universidad de Columbia, intervino el 5 de enero de 2026 ante el Consejo de Seguridad de la ONU en carácter de experto invitado independiente, no como representante de ningún Estado. Su exposición, registrada y disponible en el portal oficial de las Naciones Unidas, se produjo en el marco de una sesión extraordinaria convocada por la escalada del conflicto y las acciones militares y coercitivas contra Venezuela. Allí, Sachs presentó una argumentación de carácter analítico y jurídico centrada en el respeto a la Carta de la ONU y en los límites que el derecho internacional impone al uso de la fuerza, las sanciones unilaterales y las políticas de cambio de régimen.
La intervención de Sachs no puede leerse como una denuncia coyuntural ni como una toma de posición circunstancial frente a Venezuela. Funciona, más bien, como una impugnación estructural del orden internacional realmente existente y del lugar que ocupa Estados Unidos en él. Desde el inicio, desplaza el eje del debate: no discute la legitimidad ni el carácter del gobierno venezolano, sino si un Estado tiene derecho a imponer por la fuerza, la coerción económica o la amenaza militar el destino político de otro, por fuera de los mecanismos previstos por la Carta de las Naciones Unidas. En ese corrimiento se encuentra el núcleo político de su intervención.
El señalamiento central de Sachs es que la violación del Derecho Internacional no constituye un hecho nuevo ni excepcional, ni comienza con la actual escalada contra Venezuela. Por el contrario, su exposición pone en continuidad histórica una larga secuencia de acciones —invasiones, sanciones, operaciones encubiertas, bloqueos y bombardeos— realizadas sin autorización del Consejo de Seguridad. En ese marco, Venezuela aparece como un eslabón más dentro de una lógica sistemática de desconocimiento del orden jurídico internacional.
El mérito político de la intervención reside en nombrar con precisión aquello que suele permanecer elíptico en el lenguaje diplomático. En ese punto, la intervención adquiere un carácter casi institucionalmente subversivo, entendido en el sentido estricto del término como una impugnación al funcionamiento del sistema internacional y no como la categoría estigmatizante que le fue impuesta en la Argentina por la dictadura cívico-militar de los años setenta. Esa dimensión cobra todavía mayor relevancia si se considera el contexto de quien la plantea: un economista estadounidense que interpela al corazón del orden internacional desde dentro del propio campo académico y político de Estados Unidos, desplazando el debate del plano moral o ideológico hacia el terreno del derecho y de la legalidad internacional.
Sachs no limita su cuestionamiento a las acciones de Estados Unidos. Su interpelación alcanza al propio sistema de Naciones Unidas. Al recordar que la Carta prohíbe explícitamente el uso de la fuerza y que solo el Consejo de Seguridad está habilitado para autorizar sanciones o acciones militares, introduce una pregunta tan simple como incómoda, con enorme potencia periodística y política: ¿qué valor real tiene un orden jurídico que se viola de manera reiterada sin consecuencias? La legalidad, en ese marco, aparece erosionada no por ausencia de normas, sino por la falta de voluntad política para hacerlas cumplir.
El encuadre que propone Sachs es claro: la hipocresía internacional resulta tan dañina como la violación directa del derecho. La indignación selectiva, el silencio frente a unas guerras y la exaltación moral frente a otras terminan vaciando de contenido a la legalidad internacional. En ese contexto, la ONU corre el riesgo de convertirse en una institución meramente declarativa, incapaz de cumplir la función para la cual fue creada: poner límites al uso de la fuerza y evitar la repetición de las tragedias del siglo XX.
Finalmente, Sachs plantea una disyuntiva sin eufemismos. O la Carta de las Naciones Unidas sigue siendo un instrumento vivo y vinculante, o el sistema internacional acepta su degradación definitiva hacia una lógica de poder sin reglas. En la era nuclear —advierte— esa deriva no es solo injusta, sino existencialmente peligrosa.
Desde ese lugar, su intervención no defiende a un gobierno en particular. Defiende la idea misma de Derecho Internacional y, al hacerlo, expone de manera cruda el costo político y humano de haber tolerado durante demasiado tiempo su violación sistemática.
El poder sin máscaras y la disputa por el orden que viene
La intervención de Jeffrey Sachs en el Consejo de Seguridad encuentra un eco directo y contundente en la lectura que propone Álvaro García Linera en su artículo El tiempo oscuro de los leviatanes, publicado este 11 de enero en Página 12 y en simultáneo en Diario Red. Desde registros distintos —uno jurídico-institucional, el otro político-estructural— ambos coinciden en un diagnóstico central: el llamado “orden internacional basado en reglas” ya no está en crisis; ha sido directamente abandonado por quienes lo diseñaron y lo administraron durante décadas.
García Linera responde desde la historia larga del poder: ese orden no cayó por accidente ni por un exceso reciente, sino porque dejó de servir a la dinámica real de acumulación, dominación y disputa geopolítica. Cuando las reglas se vuelven un obstáculo para el ejercicio del poder, simplemente se descartan.
Ambos enfoques se superponen en un punto decisivo: no se trata de una anomalía venezolana, ni de un desliz circunstancial de un gobierno en particular. Lo que está en juego es una mutación del sistema internacional. Para Sachs, la violación sistemática de la Carta de la ONU vacía de sentido al Derecho Internacional y convierte a la legalidad en una retórica selectiva. Para García Linera, esa legalidad ya no es siquiera necesaria como máscara: entramos en una fase en la que el poder actúa sin simulación, sin valores declamados, sin necesidad de legitimación moral.
El desplazamiento es brutal y explícito. Allí donde antes existía hipocresía —intervenciones presentadas como defensa de la democracia, los derechos humanos o la seguridad global— ahora hay exhibición desnuda de la fuerza. El bombardeo, la ocupación, el chantaje económico y el secuestro de autoridades políticas dejan de justificarse en nombre de principios universales y pasan a asumirse como lo que son: instrumentos de apropiación y disciplinamiento.
En este punto, el señalamiento de Sachs sobre la degradación institucional de Naciones Unidas se enlaza con la caracterización de García Linera sobre el surgimiento de Estados-Leviatán. Cuando la ONU deja de ser un espacio capaz de imponer límites efectivos al uso de la fuerza, queda reducida a un foro declarativo, incapaz de incidir sobre la lógica real del poder global. No porque sus normas hayan desaparecido, sino porque los actores dominantes ya no reconocen ninguna autoridad por encima de su propia capacidad coercitiva.
El escenario que se configura es el de una internacional sin reglas, regida por la asimetría extrema entre Estados dominantes y Estados subordinados. La soberanía deja de ser un principio jurídico compartido y se redefine como capacidad material: fuerza económica, cohesión interna, poder militar y posibilidad de infligir daño. La legalidad ya no protege; solo describe, a posteriori, relaciones de fuerza consumadas.
Desde esta perspectiva, la intervención de Estados Unidos en Venezuela no inaugura nada: confirma. Confirma que el Derecho Internacional no se suspende ahora, sino que viene siendo corroído desde hace décadas. Confirma que la comunidad internacional toleró invasiones, sanciones ilegales y cambios de régimen mientras afectaron a determinados países, y recién eleva la voz cuando la violencia se vuelve demasiado visible o incómoda. Y confirma, sobre todo, que la indignación selectiva es parte constitutiva del problema.
Aquí es donde ambos discursos —el de Sachs y el de García Linera— convergen con mayor fuerza. El problema no es la inexistencia de normas, sino la falta de integridad del sistema que dice defenderlas. Un orden jurídico que se aplica solo a los débiles y se suspende frente a los poderosos deja de ser un orden: se convierte en una herramienta de dominación.
La diferencia es que Sachs todavía interpela a la ONU como último espacio posible de contención, como instrumento que puede —y debe— volver a ser vinculante si se asume el costo político de hacerlo cumplir. García Linera, en cambio, describe un tiempo más áspero: un interregno salvaje, en el que los viejos consensos han muerto y el nuevo orden aún no ha nacido, y en el que la violencia estatal desnuda es tanto síntoma de decadencia como de transición.
Leídas en conjunto, ambas miradas no se contradicen: se completan. Sachs expone la ilegalidad; García Linera explica su necesidad estructural para un poder en declive. Uno señala la fractura del Derecho; el otro, el surgimiento de los Leviatanes.
El resultado es un diagnóstico inquietante pero preciso: no asistimos a la crisis de un principio, sino al colapso de una forma histórica de organizar el mundo. Y en ese derrumbe, la pregunta ya no es solo si el Derecho Internacional sobrevivirá, sino qué tipo de orden —y con qué costos humanos— emergerá de su ruina.
Pensar el mundo que viene: una salida humanista frente al colapso global
Frente a este escenario, la disyuntiva no es solo jurídica ni geopolítica. Es, ante todo, ética y humana. La captura del presidente de un país soberano, los bombardeos, las muertes de civiles y la amenaza explícita de extender estas prácticas a otros Estados no pueden ser naturalizadas como un nuevo realismo inevitable. Aceptarlas sin resistencia equivale a convalidar un mundo gobernado exclusivamente por la fuerza, donde la vida humana queda subordinada a la rentabilidad, la disciplina y el miedo.
Lo que Sachs pone en evidencia desde el derecho y García Linera describe desde la historia del poder exige una respuesta que no se limite a la denuncia retórica ni a una aceptación nihilista del mundo tal como es. Si el orden internacional ha sido vaciado de reglas por quienes lo diseñaron, la reconstrucción de límites no vendrá de los mismos actores que hoy los destruyen, sino de la articulación política, social y cultural de los pueblos.
En ese marco, la no violencia no aparece como una consigna ingenua ni como un gesto moral abstracto, sino como una estrategia activa de resistencia frente a la normalización de la violencia estatal. Interpelar a los organismos internacionales, aun conociendo sus límites, sigue siendo una obligación política: el silencio institucional es una forma de complicidad. Del mismo modo, la coordinación regional, particularmente en América Latina y el Caribe, resulta imprescindible para evitar que la fragmentación vuelva a convertir a la región en territorio de saqueo y disciplinamiento.
La defensa de la soberanía hoy no puede pensarse solo en términos militares. Incluye la discusión sobre las dependencias económicas, financieras y tecnológicas que habilitan la coerción, así como la construcción de alternativas que reduzcan la vulnerabilidad estructural de los Estados y de los pueblos. También interpela a la ciudadanía global: a los consumos, a los vínculos económicos y a las formas cotidianas en que se reproduce —o se resiste— un orden basado en la dominación.
La no violencia no es pasividad. Es una forma consciente de acción política que rechaza tanto la imposición armada como la hipocresía geopolítica. En tiempos de Leviatanes desatados, sostener la primacía de la vida humana, del derecho y de la dignidad no es un gesto menor: es una toma de posición frente a la barbarie.
Porque si algo dejan en claro este tiempo y estos hechos es que el problema no es la ausencia de normas, sino la decisión de ignorarlas. Y frente a esa decisión, la humanidad todavía tiene una opción: no adaptarse al miedo, no aceptar la violencia como destino y no renunciar a la construcción de un mundo donde la fuerza deje de ser el lenguaje dominante de la política internacional.
