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Cosecharás tu otra siembra: la China rural también cobra entradas

La llamada agricultura del ocio transformó el mapa del campo chino con 587.000 establecimientos rurales y un mercado que supera los 132.000 millones de dólares anuales. Cómo fue la transición de cultivar arroz a comercializar paisajes, en un país en el que dos de cada tres personas viven en ciudades. 

Por Fernando Capotondo

A China le gusta apabullar con las estadísticas de su campo para explicar cómo un país con apenas el 9 por ciento de la tierra cultivable del planeta logra alimentar a casi una quinta parte de la humanidad. Al lado de la foto del último récord de 714,9 millones de toneladas de cereales – un volumen equivalente al de India, Estados Unidos y Brasil juntos -, ahora se suma una reconversión comercial que involucra a miles de establecimientos rurales, donde el negocio tradicional de las cosechas convive con un cobro de entradas inimaginable hace algunos años.

Con el nombre de agricultura del ocio, el modelo propone experiencias rurales para quienes crecieron rodeados de edificios y descubren que las verduras no nacen en la góndola del supermercado. No se trata de un público marginal. Hoy, el 67,9 por ciento de los chinos vive en áreas urbanas, una transformación demográfica que amplió la demanda por este tipo de escapadas a granjas que ofrecen alojamiento, gastronomía y cosechas abiertas al público. 

Precisamente, con estos servicios arrancó otro negocio. En muchos casos, los ingresos dejaron de depender sólo de la comercialización de arroz, frutas o té para sumar a miles de turistas dispuestos a pagar por pasar unas horas en el campo. En 2024, el sector generó más de 132.000 millones de dólares y, según datos oficiales, alrededor de 587.000 explotaciones rurales ya participan de estas actividades en todo el país.

Aunque suene extraño para un país que parece haber inventado todo, la idea no nació en Beijing. Ya existían experiencias similares en Japón, Corea del Sur y varias naciones europeas. La diferencia, eso sí, fue que China hizo lo que ya demostró saber hacer: tomó una idea conocida y la convirtió en un fenómeno de escala nacional, en un contexto marcado por el envejecimiento demográfico y las profundas diferencias de desarrollo entre las ciudades costeras y las áreas más empobrecidas del interior.

El crecimiento de la agricultura del ocio coincide con la segunda fase de una estrategia de revitalización que impulsa el Ministerio de Agricultura y Asuntos Rurales. Tras declarar erradicada la pobreza extrema en 2021 – una meta política de fuerte carga simbólica para el gobierno -, el objetivo oficial pasó a ser la consolidación de los avances alcanzados en el campo mediante el desarrollo de nuevas actividades económicas. En 2025, el ingreso disponible per cápita de la población rural alcanzó los 24.456 yuanes, registrando un alza del 6 por ciento respecto al año anterior.

Para Wu Liyun, profesora de la Universidad de Estudios Internacionales de Beijing, «el turismo puede devolverle habitantes al campo», en un entorno demográfico en el que dos de cada tres ciudadanos viven en ciudades. A su juicio, la llegada de visitantes favorece inversiones en infraestructura, genera empleo y crea incentivos para que parte de los jóvenes que emigraron a las ciudades regresen a emprender en sus lugares de origen. De este modo, el campo deja de vender solamente alimentos y ofrece tranquilidad, identidad local y una versión idealizada de la vida rural dirigida, sobre todo, a la clase media urbana.

Un ejemplo de este despliegue es el parque ecoturístico rural Rice-Fish Space, ubicado en la provincia de Sichuan, en el suroeste del país. Es un complejo de 70 hectáreas que combina arrozales con la cría de peces mediante un sistema de economía circular que permite ahorrar entre un 20 y un 30 por ciento de agua, además de reducir en más de un 40 por ciento el uso de fertilizantes químicos. “Pasamos de ‘vender arroz’ a ‘vender paisajes’”, resume el responsable del lugar, Zhao Jianwen, en un informe de Xinhua.

A esta reconversión visual se suma una curiosidad tecnológica: en muchas regiones, las cosechas ya no se detienen al caer el sol y continúan durante las 24 horas gracias al uso de drones equipados con sistemas de iluminación de alta potencia. Esta dinámica de trabajo nocturno se ha convertido en otra atracción de los establecimientos rurales, donde los turistas observan desde los miradores cómo los campos brillan bajo el vuelo de los dispositivos.

Cada región encontró su propia manera de facturar. En los alrededores de Beijing y Shanghái, el negocio tomó la forma de granjas de fin de semana para que los hijos de los ejecutivos conozcan la tierra; en el sur tropical de Yunnan, las plantaciones de té se reciclaron en hoteles de diseño con talleres de degustación ancestral, mientras que en las provincias interiores como Guizhou, son las terrazas de cultivos tradicionales y las minorías étnicas las que se convirtieron en el decorado de fondo de una industria que comercializa autenticidad empaquetada.

La nostalgia rural sola no alcanza para explicar el negocio. El turismo interno chino buscó válvulas de escape tras la pandemia y millones de habitantes de las grandes ciudades optaron por escapadas breves de corta distancia. La masiva mejora de la infraestructura vial y ferroviaria facilitó esos desplazamientos, abriendo oportunidades para localidades que hasta hace pocos años dependían exclusivamente de la agricultura de subsistencia.

A pesar de lo logrado, el modelo difícilmente pueda tapar las grietas estructurales del agro chino, como la pérdida de suelo cultivable frente al asfalto. Al respecto, el sociólogo Ye Jingzhong, decano de desarrollo rural en la Universidad Agrícola de China, advierte de manera crítica sobre los riesgos de esta transformación, señalando que «el desarrollo rural está dominado por la lógica urbana, que trata al campo como un mero espacio de consumo». Para el especialista, esta expansión genera una dependencia riesgosa de una demanda externa y corre el riesgo de convertir aldeas históricas en parques temáticos donde la identidad real se subordine a la rentabilidad.

En un país habituado a la producción en masa, el campo encontró una segunda cosecha. Esta vez no viaja en un tren cargado de granos. Llega en un automóvil eléctrico, se comparte en Douyin (la versión china de TikTok) y vuelve a la ciudad con una bolsa de verduras bajo el brazo. Es una experiencia que el supermercado nunca podría vender.

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